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Cuando el “todo pasa” te pasa por encima: Hablemos de positivismo tóxico

Cuando el “todo pasa” te pasa por encima: Hablemos de positivismo tóxico

¿Alguna vez te sentiste mal y alguien te dijo: “¡Sonreí! Todo pasa por algo”? Bueno… esto es para vos.

Hola, ¿cómo estás? Y no, no es una pregunta retórica: ¿cómo de verdad estás hoy?

Porque si estás leyendo esto en busca de respuestas, consuelo o solo por curiosidad, es probable que en algún momento alguien te haya lanzado una de esas frases hechas tipo “todo pasa por algo”, “pensá en positivo”, “podría ser peor” o la peor de todas: “¡Sonríe más!” (aunque estés procesando una crisis existencial, el final de una relación o la tercera guerra mundial en tu cabeza).

Muchas personas jóvenes sienten que no solo están mal por lo que les pasa… sino que además sienten culpa por estar mal. Como si no tuvieran permiso para sentirse así. Y ahí es donde aparece este viejo conocido con buena cara y peores consecuencias: el positivismo tóxico.

La presión de “ser felices” (y el peso que eso tiene)

Vivimos en una época donde parece que la felicidad es una especie de meta obligatoria. Desde que somos chicos, muchas veces escuchamos frases como:
“Lo importante es que seas feliz.”

“¿Pero por qué estás triste si tenés todo?”

“Con esa actitud nunca vas a llegar a nada.”

A veces, esa presión viene de nuestros padres, que sin querer (y con buena intención), nos transmiten la idea de que estar triste o frustrado está mal. O que si no somos alegres, estamos fallando en algo.

Otras veces, esa presión viene de las redes sociales, que nos muestran vidas perfectas, filtros de felicidad constante y gente que parece tenerlo todo resuelto a los 20 años. Como si fuera normal estar siempre “vibrando alto” y sonriendo en un atardecer con smoothie en mano.

Y a veces, la presión viene de nosotros mismos, cuando internalizamos ese ideal de bienestar eterno. Cuando nos convencemos de que tenemos que estar bien, cueste lo que cueste. Y ahí es donde el “ser feliz” deja de ser un deseo… y se vuelve una obligación.

Dato clave: La felicidad no es un estado constante, es una emoción. Viene y va. Nadie es feliz todo el tiempo, ni siquiera la gente que da charlas TED sobre felicidad.

Y está bien. Porque si solo buscamos estar felices, nos perdemos de sentir otras emociones que también tienen valor: la tristeza que nos conecta con lo que perdimos, la bronca que nos muestra lo que no toleramos, el miedo que nos protege.

La verdadera salud emocional no se trata de estar siempre felices. Se trata de estar conectados con lo que sentimos, incluso cuando eso incluye días oscuros. Y de saber que no tenemos que fingir una sonrisa para valer o pertenecer.

¿Qué es el positivismo tóxico?

El positivismo tóxico es esa idea de que hay que estar bien, sí o sí, todo el tiempo. Que no importa lo que esté pasando en tu vida, siempre tenés que encontrar el lado “bueno”, mantener la sonrisa, vibrar alto y agradecer hasta cuando te caes por la escalera (porque bueno, ¡al menos no te quebraste!).

¿El problema? Somos humanos. Y las emociones no vienen con filtro de Instagram.

Señales de que el positivismo tóxico está haciendo de las suyas

  • Sentís culpa por estar triste, frustrado o enojado
  • Alguien cercano te dice cosas como “no exageres”, “no es tan grave”, “ponete en positivo”
  • Vos mismo te forzas a ver el lado bueno de todo aunque estés al borde del colapso
  • Evitas hablar de lo que sentís para no parecer “dramático”
  • Sentís que tenés que resolver tu tristeza en vez de permitirte vivirla

Pero... ¿no está bueno pensar en positivo?

¡Sí! Pero ojo: pensar en positivo no es lo mismo que negar lo que sentimos.

Hay una diferencia grande entre el positivismo realista y el positivismo tóxico.

El positivismo realista te dice:
«Esto que estás viviendo es difícil, pero lo vas a atravesar. Estoy acá si necesitás hablar. Vamos paso a paso.»

El positivismo tóxico te dice:
«¡No estés triste! Piensa en lo bueno. Hay gente peor que vos.»

¿Ves la diferencia? Uno te acompaña, te valida, te permite ser humano. El otro te silencia, te minimiza, te exige que disimules.

¿Y qué pasa cuando se lo hacemos a los demás?

Acá es donde se pone más complejo. Porque no siempre nos damos cuenta de que estamos siendo portadores de positividad tóxica.

Por ejemplo:
Tu amiga te cuenta que cortó con su novia y está destruida.
Vos le decís: “¡Mejor así! Seguro aparecerá alguien mejor. Pensá en lo que viene.”

O:
Tu pareja te cuenta que está muy ansiosa por la facultad y siente que no da más.
Vos respondes: “Bueno, pero al menos tenés la oportunidad de estudiar, hay gente que no puede.”

La intención puede ser buena. Querés ayudar, consolar, buscar luz en la oscuridad.
Pero cuando negamos o minimizamos el dolor del otro, en lugar de acompañarlo, estamos dando un mensaje (aunque sea sin querer): lo que sentís no está bien.

Y spoiler: todos necesitamos que nos digan, a veces, «tienes derecho a estar mal. Te escucho.»

Entonces… ¿Es positivismo o es negación?

Buena pregunta. A veces, lo que parece positivismo es, en realidad, una forma elegante de negación. Y negación, en el lenguaje de las emociones, significa «esto me incomoda, así que lo ignoro o lo disfrazo».

👉 Negación:
“No me pasa nada.”
“Está todo bien.”
“Yo soy fuerte, no me afecta.”
Mientras por dentro sientes que te aplastó un camión de emociones.

👉 Positivismo tóxico:
“Todo pasa por algo.”
“Hay que mirar el lado bueno.”
“Pensá en positivo, no seas negativo.”
De esta manera invalidas emociones que necesitan ser escuchadas.

¿Por qué caemos en esto?

Porque no nos enseñaron a sentir. Nos enseñaron a producir, a ser eficientes, a estar bien “para no preocupar a nadie”. Nos enseñaron a mostrar la sonrisa, no la angustia.

Y muchas veces, es más fácil decirle a alguien “¡vas a estar bien!” que sentarse al lado y bancarse el silencio incómodo de un llanto.
Lo entendemos. Pero vale la pena aprender a hacerlo distinto.

¿Y cómo sería un positivismo sano?

Validar tus emociones, incluso las feas.
Aceptar que sentirse mal no te hace débil, te hace humano.
Entender que podés tener un mal día y aún así tener esperanza.
Buscar lo positivo sin negar lo negativo.

Un positivismo sano no te exige que estés bien. Te abraza aunque estés mal. Y te recuerda que todo lo que sentís tiene un sentido, incluso cuando duele.

¿Qué puedo hacer si detecto positividad tóxica en mí o en mi entorno?

Escuchá más, hablá menos: muchas veces, lo que el otro necesita no es un consejo, sino alguien que lo escuche sin juzgar.

Valida tus emociones: si estás triste, enojadx, frustradx, ansioso… no te obligues a “ver el lado bueno” de inmediato. Primero, sentí.

Permítete no estar bien: no sos menos fuerte por tener días grises. Nadie está bien 24/7, ni siquiera los que suben frases motivacionales todos los días.

Busca apoyo profesional: si sentís que el positivismo tóxico te está haciendo daño (culpa, ansiedad, insatisfacción constante), hablar con un psicólogo puede ayudarte muchísimo.

Rodéate de personas que validen, no que nieguen: no necesitás gente que te diga “todo pasa”. Necesitás gente que te diga “yo te acompaño mientras pasa”.

En resumen

Está buenísimo tener esperanza, ser optimista, encontrarle la vuelta a los días difíciles.
Pero también está buenísimo llorar, enojarse, tener miedo y decir “esto me duele”.
No estás solo. No estás rota. No estás exagerando.

Estás sintiendo. Y eso no solo es válido: es necesario.

Así que la próxima vez que alguien te diga “¡pensá en positivo!”, podés responder (con cariño):
«Gracias, pero hoy necesito sentirme mal un rato. Después vemos el lado bueno. ¿Me acompañas?»

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