Cambios en el estilo de vida: La muerte de un padre o un hermano altera las rutinas diarias y genera estrés en el hogar.
Nuevos entornos: Algunas familias se mudan tras una pérdida, lo que significa que el niño debe adaptarse a una nueva comunidad.
Vínculos sociales debilitados: La muerte de alguien cercano puede afectar las relaciones con otras personas que estaban conectadas a través de esa persona.
Pérdida de afecto: Se echa de menos el cariño y apoyo constante de la persona fallecida.
Rutinas alteradas: Las familias en duelo pueden estar tan ocupadas con sus propias emociones que descuidan las rutinas que brindan seguridad a los niños.
Los niños, al igual que los adultos, necesitan tiempo para procesar la pérdida y adaptarse a una nueva realidad. Es vital proporcionarles un ambiente donde puedan expresar sus sentimientos sin temor a ser juzgados o incomprendidos. Algunas maneras de ayudar incluyen enseñarles que llorar es una forma sana de desahogarse, que pueden hablar con alguien de confianza o escribir en un diario, y que pedir ayuda está bien.
Hay varias estrategias que pueden ser útiles, dependiendo de la edad del niño.
Bebés e infantes: Aunque los bebés no entienden la muerte, perciben los cambios emocionales a su alrededor. Mantener las rutinas y asegurarse de que se sientan seguros es clave. Proporcionales más abrazos y atención puede ayudarles a sentirse más tranquilos.
Niños en edad preescolar: Los niños de esta edad suelen ver la muerte como algo temporal. Por eso, es fundamental evitar frases como “se fue a dormir”, ya que esto puede provocar que tengan miedo a dormir o a perder a otros seres queridos. En lugar de eso, puedes decirles que la persona murió y que no volverá, pero que siempre la recordaremos con amor.
Niños en edad escolar: Los niños en edad escolar ya comprenden que la muerte es definitiva, pero eso no significa que les resulte más fácil de aceptar. Ofrecerles explicaciones sencillas y darles la oportunidad de hacer preguntas es importante. Escúchalos con paciencia y ayúdales a encontrar palabras para expresar lo que sienten.
Preadolescentes y adolescentes: A medida que crecen, los adolescentes pueden entender la muerte de manera similar a los adultos, pero a menudo se resisten a compartir sus emociones. En estos casos, más que hablar, puede ser útil ofrecerles actividades que les ayuden a procesar sus sentimientos, como escribir un diario, practicar deporte o participar en grupos de apoyo.
Para responder a las preguntas de los niños sobre la muerte de un ser querido, es importante ser claro, sincero y sencillo
¿Cuándo vuelve?: Aclarar que la muerte es definitiva, que aunque deseemos que vuelva, eso no es posible. La persona que muere no regresa.
¿Por qué no me contesta?: Aclarar que las personas fallecidas no pueden oír, hablar ni ver, pero que algunas personas hablan con ellas porque eso les consuela. Asegurarle que él o ella puede contarnos sus cosas a nosotros.
¿Les afecta a los niños ver a un muerto?: No les afecta si se les explica con antelación qué van a ver y si las reacciones de las personas presentes son controladas. Los niños pueden participar en los ritos funerarios sin consecuencias negativas si están preparados.
¿Va a estar en mi cumpleaños?: Explicar que, aunque entendemos su deseo, la persona fallecida no podrá estar en ningún cumpleaños ni celebración, ya que al morir no pueden hacer cosas, pero no es porque hayan dejado de quererlos.
¿Tú te vas a morir?: Decir que todos morirán algún día, pero que lo normal es que eso ocurra cuando el niño sea mayor y pueda cuidarse solo, y siempre habrá alguien que lo cuide.
¿Cuándo te vas a morir?: Explicar que nadie sabe cuándo morirá, pero que lo más probable es que ocurra cuando el niño ya sea adulto y pueda cuidarse por sí mismo.
¿Yo me voy a morir?: Aclarar que todos morirán en algún momento, pero lo normal es que ocurra cuando sea muy mayor, después de vivir una vida larga.
Finalmente, si no sabemos la respuesta a alguna pregunta, es mejor ser honestos y decir: «Lo siento, no sé qué contestarte».
El duelo infantil es un proceso que, aunque doloroso, puede ser sobrellevado con el apoyo adecuado. Como padres y cuidadores, no podemos evitar que los niños sientan dolor, pero sí podemos proporcionarles un entorno en el que se sientan comprendidos y amados. Permitir que expresen sus emociones, acompañarles en los momentos difíciles y, cuando sea necesario, buscar ayuda profesional, puede hacer toda la diferencia en su proceso de sanación.