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¿Alcohol? gracias pero paso…

¿Alcohol? gracias pero paso…

El auge del ‘mindful drinking’ en las nuevas generaciones

Hubo una época —no tan lejana— en la que decir que no tomabas alcohol en una fiesta era tan raro como ir a un asado y pedir tofu. Pero, ¡oh sorpresa!, los tiempos están cambiando. Cada vez más jóvenes están mirando la copa con escepticismo, cuestionando la “normalidad” del consumo de alcohol y abrazando un enfoque mucho más consciente: el mindful drinking, o, dicho más simple, “beber con conciencia”.

Y no hablamos solo de modas pasajeras o de que cambió el menú de bebidas en las fiestas. Estamos ante una transformación profunda en la manera en que las nuevas generaciones se relacionan con su cuerpo, su salud mental y, por qué no, con su idea de diversión.

El alcohol ya no es el alma de la fiesta

Durante años, el alcohol fue protagonista de casi cualquier reunión adolescente o joven: cumpleaños, previas, recitales, salidas al boliche, incluso picnic en la plaza. Era parte del ritual, casi un pase de entrada al mundo adulto. “¿No tomás? ¿Estás embarazada?” “¿Estás manejando?” “¿Estás bien?” eran preguntas típicas ante el atrevimiento de pedir una gaseosa.

Pero algo empezó a cambiar. Según datos del Global Drug Survey y estudios locales, el consumo de alcohol entre jóvenes de 16 a 24 años ha disminuido significativamente en la última década. En Reino Unido, por ejemplo, el 26% de los jóvenes declara ser abstemio, y en Estados Unidos las cifras también van en descenso. En Argentina y otros países de Latinoamérica, aunque el cambio es más lento, cada vez más adolescentes y jóvenes adultos cuestionan la cultura del exceso.

Entonces, ¿qué está pasando?

De la resaca a la reflexión: el alcohol y la salud mental

Uno de los grandes impulsores del cambio es la conciencia creciente sobre la salud mental. Ansiedad, depresión, trastornos del ánimo… todos temas que ya no son tabú en las nuevas generaciones, sino parte de la conversación cotidiana. Y con esta apertura, viene también la revisión de hábitos que antes parecían inofensivos.

Spoiler: el alcohol no ayuda.

Aunque el trago prometía “relajar”, “desinhibir” o “animarte la noche”, lo cierto es que es un depresor del sistema nervioso central. Sí, así como suena: de–pre–sor. Su consumo, especialmente el excesivo o regular, puede empeorar síntomas de ansiedad, alterar el sueño, generar bajones emocionales y hasta afectar la autoestima (¿quién no se arrepintió de algún mensaje enviado con dos tragos de más?).

Algunos estudios incluso lo vinculan con una mayor incidencia de trastornos depresivos y con dificultades para regular las emociones. En otras palabras: esa copita que se suponía que “hacía bien” puede tener el efecto contrario, sobre todo en cerebros que aún se están desarrollando (hola, adolescencia).

¿Y el cuerpo, cómo lo siente?

Además del impacto emocional, el alcohol tiene efectos concretos en el cuerpo adolescente. El cerebro en desarrollo es especialmente vulnerable: el consumo regular puede afectar la memoria, la atención, el control de impulsos y la toma de decisiones. Nada menor si estás en plena etapa de estudio, aprendizaje y definición de tu identidad.

En lo físico, también hay consecuencias: irritación gástrica, interferencia con el sueño, disminución de defensas y aumento de peso, ya que muchas bebidas alcohólicas son altamente calóricas y van acompañadas de comidas poco saludables.

Para quienes tienen objetivos deportivos o de rendimiento físico, el alcohol puede ser un obstáculo serio: afecta la hidratación, reduce la fuerza y la resistencia, retrasa la recuperación muscular y puede interferir con la síntesis de proteínas. En resumen: no es precisamente un aliado del entrenamiento.

Mindful drinking: una copa con conciencia

Lejos de caer en la prohibición o la moralina, lo que aparece es un enfoque más consciente. El mindful drinking propone tomar de forma deliberada, con atención plena, conociendo tus propios límites y necesidades. No se trata necesariamente de dejar el alcohol por completo (aunque para muchos, esa es la elección), sino de preguntarse:

  • ¿Por qué quiero tomar hoy?
  • ¿Cómo me hace sentir después?
  • ¿Necesito el alcohol para disfrutar?
  • ¿Qué pasaría si no tomo nada?

Parece simple, pero estas preguntas abren una puerta enorme. Algunos descubren que pueden divertirse igual —o incluso más— sin alcohol. Otros se dan cuenta de que el “relax” que buscan se encuentra mejor en una siesta, una caminata o una buena charla.

Y muchos eligen directamente sustituir el alcohol por otras bebidas, como mocktails (tragos sin alcohol), kombucha, agua saborizada casera, té helado… o la novedad millennial por excelencia: el agua con gas en envases cool.

Redes sociales y nuevas narrativas

Algo interesante es cómo las redes sociales —muchas veces culpables de presiones y comparaciones— están también siendo aliadas del cambio. Cuentas en TikTok, Instagram y YouTube visibilizan el estilo de vida sober-curious (curioso por la sobriedad), comparten recetas de tragos sin alcohol, experiencias personales y desafíos como el “Dry January” (Enero seco) o el “Sober October”.

Y ojo: no se trata de bajarse de la fiesta, sino de repensar el guión. ¿Se puede bailar hasta las 4 am con una limonada en la mano? Sí. ¿Podés reírte hasta llorar sin estar borracho? También. ¿Es más barato salir sin tomar? ¡Definitivamente!

Incluso celebrities e influencers están hablando más abiertamente sobre la sobriedad como una forma de autocuidado. Lo que antes era motivo de vergüenza o sospecha, hoy empieza a ser motivo de orgullo.

Una generación que elige

Los adultos suelen decir que esta es una generación “demasiado sensible” o “blanda”, pero tal vez sea una de las más valientes: se animan a hablar de salud mental, a priorizar el descanso, a ponerle nombre a las emociones y a decir “no” cuando algo no les cierra.

Y en un mundo que muchas veces parece ir demasiado rápido, elegir conscientemente lo que se consume (en todos los sentidos) es un acto revolucionario.

Reducir o eliminar el alcohol es, para muchos jóvenes, una forma de cuidarse, de estar más presentes, de sentir más claro, de dormir mejor, de mejorar la piel, de entrenar con más energía, de rendir mejor en la facultad… o simplemente de evitar esa resaca que, seamos sinceros, ya no da gracia después de los 20.

Entonces… ¿qué hacemos los adultos con esto?

Primero, dejar de mirar con extrañeza al adolescente que dice “no tomo”. Tal vez está tomando una de las decisiones más lúcidas de su vida.

Segundo, aprender de ellos. No para prohibirnos el vinito del viernes (cada quien con su camino), pero sí para repensar nuestras propias costumbres. ¿Realmente necesitamos brindar con alcohol en cada festejo? ¿Qué pasa si alguien prefiere abstenerse? ¿Cuánto del “disfrute” está realmente en la bebida y cuánto en la compañía?

Y tercero, acompañar sin juzgar. Si tu hija, tu sobrino o tu alumno elige no tomar, no lo presiones ni le preguntes si está bien. Está bien. Está mejorando su salud mental, física, emocional y hasta financiera.

En resumen

El auge del mindful drinking no es una moda más, sino parte de un cambio cultural profundo. Una nueva generación está redibujando los límites de lo que significa divertirse, cuidarse y estar presente.

Y mientras algunos adultos aún están lidiando con el “¿cómo voy a socializar sin alcohol?”, los jóvenes ya están armando fiestas más livianas, más conscientes y, quién te dice, más felices.

Quizás, al final, la pregunta no sea por qué los jóvenes están dejando el alcohol… sino por qué nos llevó tanto tiempo a los demás empezar a pensarlo.

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