Cumplís años en verano. Cerca de Navidad, Año Nuevo o en pleno enero.
Y la escena se repite con una precisión casi científica:
— “Estamos de viaje.”
— “Lo festejamos a la vuelta.”
— “Te mando un mensaje desde la playa.”
Vos sonreís, entendés, decís que está todo bien… pero por dentro algo se pincha un poquito. Porque cumplir años en verano no es solo una cuestión de calendario.
Es una experiencia emocional bastante particular.
Y muchas mujeres la viven en silencio, pensando que exageran, cuando en realidad están sintiendo algo muy humano.
Los cumpleaños de verano tienen fama de “difíciles”.
No porque falte torta (aunque a veces también), sino porque compiten con viajes, fiestas, familias, agendas cerradas y gente con la cabeza en cualquier lado… menos en festejar.
El problema no es que la gente no esté. El problema es cómo se siente eso.
Porque el cumpleaños no es solo una fecha: es un día simbólico.
Uno en el que, aunque no lo digamos, esperamos sentirnos un poco especiales.
Si tu cumpleaños te genera más nostalgia que entusiasmo, quedate tranquila: no sos la única. Algunas emociones muy comunes en esta situación son:
Tristeza: por la sensación de vacío o de “poco movimiento”.
Soledad: incluso teniendo gente alrededor.
Bronca bajita: esa que no se grita pero molesta.
Comparación: con cumpleaños ajenos llenos de globos y abrazos.
Culpa: por sentirte así cuando “no deberías”.
¿Sabes qué? todo esto es normal.
No es drama. Es expectativa emocional chocando con la realidad.
Buena pregunta. Y bastante frecuente.
El cumpleaños suele activar preguntas internas que no aparecen cualquier día:
¿Importo?
¿Alguien se acuerda de mí sin que yo lo recuerde?
¿Me eligen o solo cumplo funciones en la vida de los demás?
Cuando el día pasa sin demasiadas señales externas, esas preguntas aparecen solas, sin invitación. Y no porque seas insegura, sino porque sos humana.
Hablemos del ego, pero sin culparlo. El ego no es capricho. Es identidad.
Es esa parte que necesita sentirse vista. Entonces, cuando querés festejar y la gente no está, el ego no razona:
“Ah, lógico, es verano.”
El ego siente:
“No fui prioridad.” Y eso duele.
Aunque lo entiendas.
Aunque seas empática.
Aunque digas que no pasa nada.
Sí pasa. Y está bien admitirlo.
A veces el cumpleaños deja de ser celebración y se convierte en producción:
Y ahí aparece una sensación muy clara:
“Ni siquiera en mi cumpleaños descanso.”
Resultado: una parte tuya quiere festejar… y otra quiere apagar el celular, ponerse el pijama y que el día pase rápido.
No es contradicción. Es cansancio.
Tal vez este no sea el año del festejo épico. Y eso no lo convierte en un mal cumpleaños.
Algunas alternativas más amables (y realistas):
1. Bajar la expectativa, subir el cuidado
En lugar de pensar “qué tendría que hacer”, probá con:
“¿qué me haría sentir un poquito mejor hoy?”
No espectacular. Mejor.
2. Separar la fecha del festejo
Nada obliga a celebrar ese día exacto.
Hay quienes festejan cuando vuelve la gente, cuando hay ganas… o cuando hay energía.
El cumpleaños no se vence.
3. Permitirte un cumpleaños tranquilo
Sí, existe.
Sin invitados.
Sin producción.
Sin explicaciones.
Un cumpleaños low profile también cuenta.
4. Registrar lo que sentís (sin editarlo)
Anotar cómo te sentís —aunque sea “meh”— ayuda a que la emoción no se quede dando vueltas.
Ponerlo en palabras suele aliviar más de lo que parece.
5. Elegirte, aunque el resto esté en la playa
Tal vez no haya mesa larga ni brindis multitudinario. Pero podés hacer algo importante: no abandonarte. Un gesto chiquito de autocuidado también es celebración.
Que haya menos gente no te quita valor.
Que te afecte no te vuelve débil.
A veces el cumpleaños no es una fiesta: es un termómetro emocional.
Y si este año marca cansancio, soledad o ganas de menos ruido, escuchalo con amabilidad.
No todos los cumpleaños tienen que ser inolvidables. Algunos solo necesitan ser honestos… y llevaderos.
Y quién sabe: capaz el próximo festejo sea en otoño, con más gente, menos calor y mejor energía.