Hay una escena que se repite más de lo que nos gustaría admitir: Al día siguiente de una salida, un mensaje que no recordás haber mandado. Una charla intensa que terminó en discusión. Un beso de más. Una confesión innecesaria. O esa sensación incómoda de pensar: “¿Por qué hice eso?”
Y entonces aparece la gran pregunta, dicha en voz baja o a los gritos internos: ¿por qué cambio tanto cuando tomo alcohol?
Si alguna vez sentiste que al beber te convertís en “otra persona”, esta nota es para vos. No para juzgarte, sino para entender qué pasa, bajar la culpa y abrir una reflexión honesta sobre identidad, emociones y consumo.
Empecemos por algo importante: el alcohol no crea una personalidad nueva, pero sí desactiva varios de los frenos que usamos a diario para movernos por el mundo.
Esos frenos son emocionales, sociales y cognitivos. Nos ayudan a medir lo que decimos, a pensar consecuencias, a regular impulsos y a decidir cuándo hablar y cuándo callar.
Cuando tomás alcohol, especialmente en cantidades moderadas a altas, el cerebro entra en modo “menos control, más impulso”.
Resultado: decís cosas que normalmente filtrarías, hacés cosas que en sobriedad pensarías dos veces y sientes emociones con más intensidad.
Por eso muchas personas describen experiencias como:
“Me pongo más cariñosa”
“Me vuelvo impulsiva”
“Me da por discutir”
“Soy más sexual”
“No paro de hablar”
Nada de eso aparece de la nada. Son partes tuyas, pero sin el control habitual.
Uno de los aspectos más desconcertantes es no recordar.
Las famosas “lagunas” no siempre implican perder el conocimiento. A veces estuviste despierta, hablaste, caminaste… pero el cerebro no registró esos recuerdos correctamente.
El alcohol interfiere con la memoria a corto plazo y con el proceso de consolidar experiencias.
Eso explica por qué alguien puede decirte:
“¿Te acuerdas lo que dijiste ayer?”
Y vos pensar:
“No… y ahora tengo miedo.”
Esta falta de registro suele traer vergüenza, ansiedad y culpa, incluso aunque lo que pasó no haya sido grave.
Uno de los temores más frecuentes es este: que los demás vean solo tu versión alcoholizada y crean que eso sos vos.
Esto pega directo en la identidad. Porque nadie quiere ser recordada como:
“la que se descontrola”
“la intensa”
“la que se pone agresiva”
“la que siempre se arrepiente”
El problema no es solo lo que pasó, sino el miedo a cómo quedaste parada emocionalmente frente a otros.
Y ahí aparece una pregunta profunda y dolorosa:
“¿Y si esa versión también soy yo?”
La respuesta no es blanco o negro. No sos solo eso, pero tampoco es algo completamente ajeno. Es una expresión amplificada de emociones, deseos o tensiones que ya existían.
Muchas personas usan el alcohol con una intención clara, aunque no siempre consciente:
“Así me animo”
“Así me relajo”
“Así no pienso”
“Así me suelto”
El alcohol funciona como un atajo emocional.
En vez de atravesar la timidez, el enojo, la tristeza o el cansancio, se los anestesia o se los libera sin filtro.
El problema aparece cuando:
Ahí ya no es solo una copa: es una señal.
Muchas personas viven este loop emocional:
Antes de tomar: expectativa, ganas de relajarse, “me lo merezco”
Durante: desinhibición, intensidad, impulsividad
Después: vergüenza, culpa, promesas internas de “no volver a hacerlo”
Tiempo después: se repite
La culpa no siempre viene porque hiciste algo “grave”.
A veces aparece solo por no reconocerte en esa versión. Y ojo: la culpa sostenida no suele ayudar a cambiar. Lo que ayuda es entender qué emoción estabas intentando manejar.
Sí. Y vale la pena escucharlo. Arrepentirse una vez puede ser una anécdota. Arrepentirse siempre es información emocional. Puede estar hablando de: límites personales que se cruzan, emociones que salen de forma abrupta, valores que se sienten traicionados,
una desconexión entre lo que querés y lo que hacés
El arrepentimiento repetido no es castigo: es un mensaje interno pidiendo revisión.
¿Cómo saber si tengo un problema con el alcohol?
No hace falta llegar a extremos para hacerse esta pregunta.
Algunas señales de alerta suaves pero importantes son:
Tomás para cambiar cómo te sentís, no solo por gusto
Te da miedo cómo actúas cuando tomás
Te arrepentís seguido
Sentís vergüenza al día siguiente
Otras personas te han marcado cambios de conducta
Prometes “tomar menos” y no siempre podés cumplirlo
No se trata de etiquetarte. Se trata de observar tu relación con el alcohol, no el alcohol en sí.
Una herramienta muy poderosa es registrar emociones, especialmente si usás una app o escribís de forma breve y honesta.
Por ejemplo:
¿Cómo me siento antes de tomar?
¿Qué estoy buscando?
¿Qué emoción aparece durante?
¿Cómo me siento después, más allá de la culpa?
Este registro no es para juzgarte. Es para reconocerte.
Muchas personas descubren que no es el alcohol el problema central, sino:
el cansancio acumulado
la necesidad de afecto
el enojo no dicho
el deseo de soltarse sin permiso
No sos un problema: estás atravesando algo
Sentirse distinta cuando se toma no te define como persona “inestable” ni “descontrolada”.
Habla de cómo tu cuerpo y tu mente gestionan emociones cuando bajan los frenos.
La buena noticia es que la conciencia ya es un primer cambio.
Preguntarte, reflexionar y animarte a mirar con honestidad es un acto de cuidado personal.
No se trata de prohibirte todo ni de exigirte perfección.
Se trata de entender qué versión tuya necesita más espacio… sin tener que anestesiarla primero.
Y si alguna vez sentís que el tema te supera, pedir ayuda también es parte de ser adulta emocionalmente.
Con o sin alcohol, vos seguís siendo vos. La diferencia está en cuánto te escuchás.